Carrasquero y el TSJ

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El insólito caso del rector del CNE que en medio del revocatorio aspira que lo nombren juez . . .


 

Francisco Carrasquero, presidente del CNE, ha presentado su candidatura al cargo de magistrado del Tribunal Supremo. Me parece verlo por predios del parlamento. Hablando, cabildeando para darle a conocer sus credenciales a los integrantes del comité que lo va a evaluar. Algo innecesario porque para determinar si se tiene musculatura de juez, probo, docto, pero en especial de los que no les tiembla el pulso a la hora de impartir justicia, tampoco hace falta revisar constancias, ni supuestos títulos académicos, sino remitirse al  desempeño actual. Además, no hay nada más mentiroso que un currículum vitae de modo que ante a un papel aguantador de cuanto lleve escrito, lo que priva son los hechos y hasta la presente fecha, éstos tienen poco qué abogar en favor del mencionado candidato.

 

EL LECTOR LO SUPONDRA. Nos contamos entre quienes piensan que en este aspirante no concurren las condiciones mínimas para su nuevo cargo. Nada personal, dicho sea de paso. Ocurre que Carrasquero, está en el ojo de la tormenta y cuando algunos conservan la esperanza bobalicona, que agarre el toro del revocatorio por los cachos de la imparcialidad, he aquí que le da por distraerse, por pensar en otras funciones, como si con las que tiene puede jactarse del deber cumplido.

Por supuesto, hay algo respetable en esta postulación. Quizá Carrasquero se ha autoconvencido. No sirve, no funciona, es una inutilidad como árbitro electoral. Por si fuese poco, es presa del miedo escénico y de aquel funcionario decidor, dicharachero, que en sus principios gustaba de posar ante la TV, ha emergido un individuo huidizo, huraño, dubitativo, que delega en terceros la ineludible labor de informar cuanto ocurre en el organismo bajo su responsabilidad. En este último particular los opinadores, el cronista entre ellos, tenemos una cuota de responsabilidad. Cada vez que en sus comparecencias públicas, el presidente del CNE decía “veníamos”,  íbanos” o cualquier otra barbaridad, lo convertíamos en víctima de nuestras chacotas más crueles. Total, que el hombre perdió confianza, se volvió un verdadero ocho hasta en sus acciones cotidianas, al extremo que en sus visitas al mercado libre, no sabe si ordenar un racimo de rábanos o de “rábamos”, en cuyo caso, las tomaderas de pelo no corren por cuenta de los opinadores, sino de los expendedores de verduras.

LA FUNCION JUDICIAL. Un árbitro, rector electoral o juez, no puede pensar en tomar las de Villadiego en el punto más álgido de su gestión. Es algo contrario al oficio y vistos los antecedentes del caso, nada garantiza que este integrante en ciernes del TSJ, en medio del enjuiciamiento del ex presidente Chávez, para nombrar un ejemplo no muy lejano, no le dé por cambiar de cargo y en lugar de concluir lo que comenzó, se promocione para un nuevo empleo: pitar un partido de la Vinotino, so pretexto que  árbitro es árbitro.

Si consideraba que la materia electoral no era su fuerte, Carrasquero no ha debido aceptar plaza en el CNE o una vez en la misma y darse cuenta de sus evidentes limitaciones, dimitir antes de celebrar a dedo y sin licitación contratos por más de 200 millones de dólares. O de  prestarse a obstaculizar la consulta popular de modo que su sola pretensión de convertirse en magistrado adquiera el sabor de recompensa por no cumplir con su deber.

Los motivos para que Carrasquero, ponga su mirada en el TSJ, trascienden el ámbito de su decisión personal, porque forman parte del estilo impúdico de un régimen que implosiona. La nueva ley del Tribunal Supremo se encuentra en el centro de la polémica, las fuerzas de oposición se han abstenido de presentar candidatos a los comités de revisión de credenciales y un individuo que se vende como ajeno a toda militancia política lo menos que ha debido hacer, es marcar distancia en lo que se refiere a la composición del nuevo TSJ. Pero para eso semos gobierno, Carrasquero.

Los venezolanos de mi tiempo, recordamos un  chiste cruel, pero muy aleccionador. Se trata de un mochito que lee un aviso en la prensa: “Con fines matrimoniales, platinada despampanante solicita joven, rico, alto y osado. Abstenerse si no llena todos los requisitos”. Para sorpresa de la casadera este veterano va y toca la puerta en su condición de galán.

Soy rico, porque como lisiado tengo una mensualidad vitalicia de 200 bolívares; lo de buen mozo, es algo que no deja de ser subjetivo; en cuanto a lo de alto, ya te lo demostré al alcanzar de un solo salto el timbre de la puerta y en referencia a lo de osado, no me vas a negar que hay que tenerlas bien puestas para presentarme como pretendiente.

Para no darle más vueltas, usted las tiene bien puestas. Más que las del mochito, señor Carrasquero.

 


© 2004 Derechos Reservados - Dr. Omar Estacio