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Es un archivo viviente de antecedentes penales, que ahora suma a sus apretujadas carpetas, la del vergonzoso delito de simulación de hecho punible . . .


El silencio, el manto de olvido colocado sobre las investigaciones del supuesto magnicidio, frustrado hace unos cuantos días, demuestra lo que hemos venido diciendo. Chávez no es un jefe de Estado. Ni siquiera un teniente-coronel en situación de retiro. Menos todavía un humano de carne y hueso, como lo suponían los electores. Es un prontuario ambulante. Un archivo viviente de antecedentes penales, que ahora suma a sus apretujadas carpetas, la del vergonzoso delito de simulación de hecho punible.

Pero de vuelta al imaginario atentado. Si el Presidente no le otorga la gravedad que se merece. Si es una mentira más, para ocultar realidades o montar un show, un espectáculo barato, donde pueda darle rienda suelta a su manía de sentirse como la reencarnación de Gaitán. En una palabra. Si toma su propio asesinato como cosa de guachafita ¿Cómo debe esperarse que tratemos el tema, quienes jamás hemos sentido simpatía por el hipotético occiso?

LAS JUSTIFICACIONES. Quién sí reflexionó con seriedad sobre los magnicidios, en especial, en lo que se relaciona con las justificaciones para cometerlo, fue Platón. Ocurrió de vuelta de su viaje a Sicilia, donde fue testigo de las tropelías de Dionisio de Siracusa. De ello nos ha quedado testimonio en uno de los "Diálogos" más pedagógicos.

Un hombre que ordena masacrar una manifestación pacífica. Que usa los helicópteros del Estado para trasladar los teteros de su menorcita, mientras nuestros niños se mueren de hambre. Que en medio del mayor despilfarro se traslada a Puerto Ordaz en Airbús a visitar a la Propia a la Santa o como se llame. Que le pega a las mujeres. Que le regala petróleo que no es suyo al gobierno maula de Fidel Castro. Que malversa. Que recibe contribuciones ilegales de bancos extranjeros. Que empobrece a su pueblo y cierra toda posibilidad para su reemplazo por medios pacíficos.

Por mucho menos que eso, Platón, recetó dosis doble de cicuta. Lo mismo para un monarca que ha devenido en tirano, que para un Presidente que desde un principio, se conduce como un tarambana.

Pero no fue solamente el ateniense. Otros teóricos también han hecho aportes en lo que se refiere a las justificaciones de esta clase de atentados. A saber: Girolambo Savonarola, Lutero, Juan Mariana, en De rege et Regi Institutione; John Parvus, el pseudonimista Junios Brutus, en su Vindictae contra Tyranus; Maquiavelo, Hobbes, John Stuart Mill y más recientemente, Michael Walzer, para resumirlos a todos en el más genial: Tomas de Aquino, quien pese a su condición de santo, aboga sin medias tintas porque en casos como los comentados, se proceda en forma sumaria y sin preguntar demasiado.

Los venezolanos –el articulista entre ellos- no hemos sido partidarios del magnicidio ¡Eso nunca! Pero a contrapelo de nuestra idiosincrasia, registramos algunos casos aislados: la intentona contra Crespo, Maiquetía, abril de 1893; la que se frustró contra Cipriano Castro, Caracas, Carnaval de 1900 y los más conocidos del 25 de septiembre contra El Libertador; los disparos que segaron la vida de Delgado Chalbaud; el atentado dinamitero para salir de Betancourt y el fallido asesinato de CAP, 4 de febrero, Miraflores, por el mismo sujeto que ahora demanda respeto. O clemencia.

¡EL LOBO, EL LOBO! Siempre ha ocurrido, que de tanto llamarlo, el animalillo termina por presentarse.

Por los momentos, una situación imaginaria, que no deja de causarnos algunas carcajadas. Pero ya lo decíamos ¿qué se nos puede exigir si el afectado en persona, se tomado el asunto como cosa de tomadera de pelo? Me parece verlo

El mercenario, veterano de Vietnam, alquila un apartamento en Parque Central. La propia víctima lo había vaticinado, un tanto escéptico, como corresponde a quien se considera inmortal. Sin embargo ¿cómo no recoger el guante de la más reciente marcha de los Escuálidos, que llenó la avenida Bolívar hasta las banderas?

Sea como sea, el francotirador luego de calcular la distancia, velocidad del viento y ángulo de inclinación, hace diana en medio de la verruga. El hombre se desploma sobre la tarima. El único que no huye despavorido es el Vicepresidente. A riesgo de ser víctima de un nuevo disparo del francotirador, pero bajo la consigna de que pa’ luego es tarde, se autojuramenta como un Estanga cualquiera, sobre el cadáver aún caliente. Ha sido una operación sin derramamiento de sangre. Apenas una materia pastosa, marrón, de mal olor, familiar, muy familiar, comienza a supurar por el orificio que dejó el proyectil. La verdadera sustancia madre de la justificación de un magnicidio, según Platón, Tomás y todos los estudiosos del tema.

 


© 2002 Derechos Reservados - Dr. Omar Estacio