Clintonvizquel se alza

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"¡Esta sí, no me la calo!" la exclamación retumbó en el penjausss de los bolivarianos Yakelín Gertrudis, Williams Freddy III y su menorcito, Clintonvizquel . . .


 

  "¡Esta sí, no me la calo!" la exclamación retumbó en el penjausss de los bolivarianos Yakelín Gertrudis, Williams Freddy III y su menorcito, Clintonvizquel, quien solo por esta vez no le faltó "los respetos" a sus maestros, profesores, progenitores, al párroco, a la moral, la cívica, las buenas costumbres, el orden de la familia, incluidas la urbanidad de Carreño y la presidenta de la asociación de vecinos de " La Lagunita" Contrisssclusss, "esa vieja bruja" empeñada en protestar por sus continuos bonches y encerronas, a todo volumen, hasta altas horas de la madrugada, sin pararle a que sea sábado, domingo, días de la semana o días de guardar.

 

El prudente y comedido ¡shhhh! de la amantísima autora de los días de este verdadero ícono de la juventud bolivariana, intentó atajar los insultos contra un insólito destinatario.

 

- ¡Cállate, mi amolcito, mugre de mi pezuña, eructo de mi corazón, rebuzno de zopenco, mira que las paredes oyen pero sobre todo, hablan y alguien nos puede sapear con nuestro benefactor, el queridísimo Comandante – le imploró Yakelín Gertrudis.

 

- ¡Que nos sapeen! ¡Me importa un cipote! Y en cuanto a "tu" benefactor y queridísimo comandante se puede ir muy largo al… –En este punto la rabieta asumió un tono sentimental, al extremo que lo que comenzó como una declaración de guerra fue degenerando en pucheros.

Los lectores ya lo adivinarán. La angustia, el desasosiego, el sálvese quién pueda,  lo desencadenó el "¡Aló, Presidente!" aquel. Nos referimos al que proclamó que los verdaderos bolivarianos, cual cristianos de parábola bíblica, tenían que compartir sus túnicas con algún mendigo.

 

- ¿Darle una cola en mi Hummer, doce cilindros, con tres filas de asientos, a algún tierrúo del barrio de las Minas de Baruta o del Placer de El Hatillo? ¡Qué rayón! –la queja ya estaba a nivel de llantén a lágrima viva.   

  

La bolivariana Yakelín Gertrudis, había conservado el ánimo conciliador en medio de esta plática familiar tan educativa. Pero a cualquiera lo traicionan los nervios. En particular cuando le tocan el bolsillo. O las cuentas off shore.

 

 

¿Y si tenía que repartir sus depósitos en dólares, euros, yenes, francos suizos, pesos cubanos, pesos macuquinos, doblones, redoblones, morocotas y lingotes de oro? La posibilidad que su apartamento en Fisher Island, en pleno corazón de los mayamis, lo mismo que su villa en las orillas de lago de Montreaux, vecina a la del gobernador de "Los Ojos Verdes" pasasen a formar parte de algún pote socialista, endógeno y solidario, también cruzó su mollera como un rayo aniquilador. Los ánimos se le alebrestaron.

- Imagínate –la antes reflexiva Yakelín Gertrudis ya estaba como una cuaima- a lo mejor tengo que cederle la mitad de mis vestidos "Carolina Herrera" a la comandante Lina Ron ¡Qué bolas, esa chusma con mi pinta! ¡Chusma, chusma, chusma!

 

El bolivariano Freddy Williams III, aparentando distancia de aquel drama, campaneaba, parsimonioso, su Etiqueta Azul. Pero lo de siempre: los sufridos maridos y salvo prueba en contrario, somos los "culpables-de-toda-vaina" en el hogar. No importa que éste sea escuálido o bolivariano.

 

- ¿Y tú –Yakelín Gertrudis lo señaló con dedo acusador- te vas a quedar ahí, sin hacer nada, paradote, bebiendo caña y comiendo caviar del mar "Caspa"? ¿Ah?

 

Ya lo dice el apotegma. Perro viejo late echao. Sobre todo si está bien buchón.

 

- Cuando Chávez –se dijo el bolivariano Freddy Williams III para sus adentros y sus afueras- regale el Cartier Pashá, sus trajes Brioni, sus calzoncillos Prada y Jorge Rodríguez haga lo mismo con el Audi y su pent-house, yo partiré y repartiré mi cochina bolivariana.

Sonrió, aspiró su habano y se sirvió otro scotch

 

© 2007 Derechos Reservados - Nelson "Lonpleipelúo" Ramírez